Los europeos, que disfrutan de una dieta equilibrada, se oponen a los alimentos modificados genéticamente, pero son los pobres y hambrientos quienes más los necesitan.
Si quiere entablar una animada conversación durante una fiesta, saque el tema de la frankencomida (alimentos modificados genéticamente). El concepto de los cultivos alterados genéticamente plantea todo tipo de cuestiones medioambientales, éticas, de salud y seguridad. La idea parece ir en contra de las leyes de la naturaleza, especialmente en países de gran tradición agrícola.
En realidad, los alimentos modificados genéticamente ya forman parte de nuestra vida. Según el Departamento de Agricultura, un tercio del maíz y más de la mitad del grano de soja cultivado en Estados Unidos el año pasado fueron producto de la biotecnología. Este año se plantarán por todo el país más de 26 millones de hectáreas de cultivos modificados genéticamente. El genio genético ha salido de su lámpara maravillosa.
Pero algunas cuestiones siguen sin resolverse. Como cualquier producto nuevo que entra en la cadena alimenticia, los alimentos modificados genéticamente deben someterse a pruebas muy rigurosas. En los países desarrollados, el debate sobre la biotecnología no es tan urgente porque hay una amplia gama de productos para elegir y la oferta es superior a la demanda. Pero en los países en vías de desarrollo, desesperados por alimentar a una población malnutrida que crece vertiginosamente, la cuestión es más simple y mucho más apremiante: ¿son los beneficios de la biotecnología mayores que los riesgos?
Las estadísticas sobre el hambre y el crecimiento de la población son inquietantes. El año pasado la población mundial alcanzó los 6.000 millones y la ONU calcula que para 2050 probablemente se acerque a los 9.000. La mayor parte de ese crecimiento tendrá lugar en los países en vías de desarrollo. Además, desde los años 60, el terreno cultivable escasea y, según el Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones de Agrobiotecnología (ISAAA, según sus siglas en inglés), se reducirá a la mitad en los próximos 50 años.
La ONU calcula que hay 800 millones de personas malnutridas en el mundo. Los efectos de la malnutrición son devastadores. Cerca de 400 millones de mujeres en edad fértil están faltas de hierro, lo cual incrementa el riesgo de malformaciones para los bebés. Casi 100 millones de niños sufren deficiencia de vitamina A, una de las principales causas de ceguera. Y decenas de millones de personas sufren otras dolencias y deficiencias nutricionales.
¿Qué puede hacer la biotecnología? Los científicos del sector han desarrollado una variedad de arroz genéticamente modificado, reforzado con betacaroteno —que el cuerpo transforma en vitamina A— y hierro, y están trabajando en otros cultivos enriquecidos. La biotecnología también puede contribuir a la productividad agrícola en lugares donde la escasez de alimentos se debe a la pérdida de cosechas causada por las plagas, la sequía, los terrenos no cultivables y los virus, las bacterias y los hongos que afectan a los cultivos.
Las plagas causan estragos increíbles. El gorgojo del maíz europeo destruye cada año 40 millones de toneladas de la cosecha mundial, cerca del 7% del total. Si se incorporan en las semillas genes resistentes a las plagas, podría reestablecerse el equilibrio. Muchos científicos creen que la biotecnología podría aumentar la productividad de las cosechas en los países en vías de desarrollo hasta un 25% y ayudar a evitar así la pérdida de los cultivos una vez cosechados. Sin embargo, pese a todas las promesas, la biotecnología no es la solución a todos los males. En los países en vías de desarrollo la pérdida de las cosechas no es la única causa del hambre. La pobreza desempeña un papel fundamental. En la actualidad más de mil millones de personas en todo el mundo viven con menos de 1 dólar al día. Los cultivos modificados genéticamente no reducirán el hambre si los granjeros no pueden pagar los costos necesarios para su cultivo o si la población local no puede comprar los productos de esos granjeros.
Las compañías privadas de biotecnología llevan a cabo la mayoría de la investigación más avanzada sobre cultivos modificados genéticamente. Sus productos suelen ser demasiado caros para los granjeros pobres de los países en vías de desarrollo y la mayoría de esos productos ni siquiera llegarán a las zonas donde más se necesitan. Las empresas de biotecnología tienen un fuerte incentivo financiero para concentrarse en los mercados ricos y así recuperar rápidamente los altos costos del desarrollo del producto. Pero algunas de estas empresas están respondiendo a las necesidades de los países pobres. Una compañía con sede en Londres, por ejemplo, ha anunciado que compartirá su tecnología con países pobres para producir su "arroz dorado", enriquecido con vitaminas.
¿Alimentará al mundo la "Frankencomida"? La biotecnología no es la panacea, pero promete transformar la agricultura. Si estas promesas no se cumplen, las consecuencias recaerán sobre los pobres, que podrían sufrir indefinidamente.
Bill Gates es el Presidente y Arquitecto en Jefe de software de Microsoft y cofundador de The Bill and Melinda Gates Foundation.










