El escritor que acuñó la palabra "ciberespacio" contempla un futuro más extraño que la ciencia ficción.
Por WILLIAM GIBSON
Quizás, pero sólo un par de veces, y probablemente no por mucho tiempo. Con sus elegantes trajes negros y microprocesadores implantados en el cerebro, los rudos ciberpiratas de la ciencia ficción de los años 80 (incluyendo los personajes de mis primeras novelas y relatos) ya comienzan a tener un aire de romanticismo nostálgico.
Estos bandoleros de la autopista de la información estuvieron en consonancia con la nueva tecnología, viviéndola al filo de la navaja. Se convirtieron en tecnología; la recibieron dentro de sí mismos.
Muchos de nosotros, especialmente hoy, nos sentimos como si tuviéramos chips en el cerebro. Y a algunos nos gustaría que las omnipresentes computadoras desaparecieran y nos dejaran en paz. Pero eso cada vez es menos probable.
Sin embargo, esto no quiere decir que nuestra especie se someta algún día a la indignidad del chip, aunque sólo sea porque quizás el chip de silicio se convertirá un día en un objeto tan anticuado como el tubo de la aspiradora o la regla de cálculo.
Desde el punto de vista de la bioingeniería, un chip de silicio es un fragmento de cristal grande y bastante complicado. Implantar un chip de silicio en el cerebro humano supone inevitablemente una desproporción poco elegante, comparable a insertar una máquina de vapor en el mismo tejido. Técnicamente puede ser posible, ¿pero qué sentido tendría probar semejante cosa?
Sospecho que la medicina convencional y los ejércitos encontrarán sus razones para intentarlo, al menos a corto plazo. Y tal vez la medicina utilizará esa práctica para contrarrestar incapacidades adquiridas o genéticas.
Si yo perdiera la vista, me sometería sin dudarlo a algún tipo de operación quirúrgica que me prometiera una conexión de video a los nervios ópticos. Y una vez conectado, ¿por qué no añadir canales de cable y un navegador de Internet? Las razones militares para la implantación de chips probablemente tengan que ver con ese trabajo, cada vez más anticuado, de "piloto de caza", o con cualquier otro aspecto del combate teledirigido, donde las armas en el campo de batalla están manejadas a control remoto.
Pero si llegamos a hacer todo esto, no nos durará mucho porque hay otros cambios en los campos de la computación biológica y nanomolecular que se avecinan a gran rapidez. En lugar de insertar un trozo de hardware en nuestra materia gris, ¿no sería mucho más elegante extraer un grupo de neuronas, colocarlas en un tubo de ensayo y transplantarles varios tipos de compuestos gelatinosos con capacidad computacional? Una vez implantadas en el cerebro funcionarían con el combustible humano: el azúcar que transporta la sangre. De esta forma podríamos obtener todas las funciones que quisiéramos sin el aparatoso hardware del siglo XX.
En realidad no se necesita un complicado pedazo de cristal para calcular más números, y el software de las computadoras tampoco va a ser mucho más rápido de lo que vaya a ser en el futuro el hardware. Este está evolucionando a la velocidad de la luz, mientras que nosotros somos, todavía, el producto, en gran parte, de mano de obra barata.
Pero hay un argumento contra la implantación de instrumentos computacionales, ya sean gelatinosos o de cristal. Es muy simple, tan simple que algunos pueden tardar en comprenderlo, y tiene que ver con cierta distinción arcaica que todavía solemos hacer entre las computadoras y "el mundo". Dicho de otro modo, entre lo virtual y lo real.
Dudo mucho que nuestros nietos entiendan la distinción entre lo que es una computadora y lo que no lo es. Para ellos, las computadoras no representarán una categoría, objeto, o función determinados. Creo que será el resultado lógico de la omnipresencia de la informática, del mundo completamente conectado. Este mundo consistirá, de hecho, en una interfaz única y continua. El concepto de un dispositivo que "sólo" computa probablemente se convertirá en el máximo arcaísmo en un mundo donde la nevera o el cepillo de dientes serán potencialmente tan inteligentes como cualquier otro objeto, incluyéndole a usted. En este nuevo mundo, los objetos inteligentes se comunicarán constantemente entre ellos y con nosotros.
En este mundo, probablemente no hará falta que engrandezcamos físicamente el cerebro, ya que el engrandecimiento mayor y más espectacular habrá tenido lugar fuera de cualquier frontera geográfica, mediante el procesamiento disperso. No necesitaremos una gelatina inteligente en el cerebro, porque nuestros aparatos inteligentes, nuestro cepillo de dientes y nuestra nevera, estarán listos para ayudarnos en todo momento.
Por eso no creo que sea una cuestión de que las computadoras vayan a introducirse en los recovecos más profundos de nuestro ser, sino que será la humanidad la que se interne entre las confusas luces y sombras de la presencia de aquello que habremos creado, que estamos creando, y que parece estar en proceso de recrearnos a nosotros.










